lunes, 13 de julio de 2009

Plaza del recuerdo

Me fascina estar con mis amigos. Me alegran el día. Los amigos son así, son impredecibles. Las cosas que hacés son únicas y marcan la diferencia. Por eso, en estos aburridos días de aislación a causa de la Gripe A N1H1, no evito estar con ellos. Hemos armado un grupo: Valentina, Victoria, Sol, Lucía y yo, y siempre nos juntamos entre nosotras. El 7/7/09 fuimos a la plaza Sarmiento, la más hermosa en primavera en todo San Nicolás, la más fría en verano a causa de sus enormes árboles, la más divertida en invierno y la más concurrida en otoño. Un día estupendo, sinceramente.

Esa plaza tiene un secreto escondido en cada rincón. Algún día se los voy a contar, cada uno de ellos es especial y diferente. Esa plaza estuvo en mi memoria desde que eramos chiquitos de 6 años e íbamos a andar en bicicleta por sus callecitas internas. Y ahora, de más grandecita con el doble de la edad que tenia por ese entonces, la veo con nostalgia pensando en como cambió y como no cambió.

Ahora está más colorida, con sus juegos recién pintaditos de colores vivos, las viejas hamacas de madera reemplazadas por otras de una lona o tela fuerte para resistir las más largas competencias de salto. Con sus viejos arboles, los mismos de hace alrededor de 100 años pero marcados con liquid paper. En alguno de ellos deben de estar nuestros nombres. En primavera, los árboles se llenan de color. Algunos con flores lilas, otros con flores amarillas. En las bulliciosas noches de verano se ilumina con ese carrousel, esa calesita a la cual tantas veces me subí y hace unos años agregaron rejas y unas camas elásticas a sus costados.

En una parte hay algo parecido a un monumento, unas columnas partidas, supongo que a propósito por el corte que hay en una de ellas. Abajo, hay un cuartito. Aún recuerdo cuando eramos chicos y decíamos que ahí adentro había desde las más siniestras y variadas criaturas del más allá hasta los más hermosos lugares llenos de lujuriosos cuadros y túneles con alfombras de terciopelo rojo que llevaban a un enorme palacio bajo tierra. Una vez, nos encontramos con la puerta abierta. Muchos de nosotros jugamos a ver quien era más valiente para ir y tocar la puerta. Al fin y al cabo descubrimos que ese cuartito no era más que unas simples paredes hechas para guardar cosas de mantenimiento como escobas y una bicicleta del hombre de mantenimiento. Perdió sentido tocar esa puerta y sentarse detrás de un árbol escondiéndose de los posibles peligros que de allí surgirían preparados para correrte por cuadras hasta que te subías al karting en el que te esperaban tus amigos, que en ese momento te parecía algo similar a un tanque de guerra de tan pesado y difícil de mover que era.

Esa plaza es especial porque antes creíamos que estaba hecha sobre un cementerio y eso la hacia más tenebrosa. Es especial porque está en el recuerdo y en la mente de cada persona que fue, cada nicoleño, como mi mamá y cada argentino o no argentino que dio con esa plaza y allí se quedó. Es especial porque cada persona cree que es suya, aunque realmente sea de todos. Es especial porque siguen yendo chicos y seguramente alguno de ellos, en el futuro, les va a contar a sus hijos lo mismo que yo pienso contarles a los míos: las historias de la plaza Sarmiento, la plaza del recuerdo.

domingo, 5 de julio de 2009

Una amiga.

Tengo una amiga de aquellas. De esas que son especiales. De esas que encontras sólo una vez en la vida. Esta amiga que encontré, no está conmigo. Es decir, está conmigo pero a la distancia. Yo, en mi casa en San Nicolás y ella, en la suya en Buenos Aires.
Esta amiga que encontré estuvo, está y estará por siempre. Mi madre, hace 13 años atrás, empezó una tradición sin siquiera saber que yo la quiero mantener y continuar. Eligió a una persona noble, sensata, cariñosa, comprensiva, en fin, la mejor de todas, para que sea mi madrina. Mari, la mejor de todas las madrinas del mundo. No sé si es porque es mía pero ella es la mejor. A su misma vez, mi madrina eligió a la mejor madre del mundo (la mía) para que sea la madrina de su propia hija. Fue algo mutuo. Una amistad las unió, y esa misma amistad, quiso que yo encontrara una amiga.
Camila, mi hermana de sueños, chistes, acertijos (¿te acordás del BLOBBLES?), felicidades, tristezas, enojos, amaneceres, atardeceres, lenguajes extraños, caídas de la cama en el entrepiso, chapuzones y miles de cosas más... Camila, la mejor de mis amigas, mi hermana del alma, la hermana que nunca tuve, la que elegí con el corazón para que lo sea.
Saben, es extraño tener una amiga allá y otras acá. Cuando necesito alguien que me suba el ánimo llamo a Victoria, Valentina o Sol... pero aún así, la emoción que me da reconocer su voz, la de Camila, en el teléfono, es única. Comienzo a saltar sobre la cama, en el piso, me subo al espacio que hay en la pared del cuarto de mis papás... Además, cuando chateo con ella, ella se convierte en mi mundo. El único mundo posible en todo el universo infinito punto rojo.
Tengo en mis manos un libro. Uno de los tantos libros que he leído y me hacen acordar a ella. Se llama "Sólo para amigas". Me gustaría transcribir un poco del mismo, si no les molesta.


*Definición de una buena amiga:
Una buena amiga es alguien que te hace sonreír. Una buena amiga es alguien a quien siempre te alegras de ver. Una buena amiga es alguien con quien es divertido estar, que escucha, que ríe, que quiere, que brilla, que comprende.
Creo que en el diccionario tendría que aparecer la definición de una "buena amiga" (y a su lado, como el mejor ejemplo, podría estar tu fotografía).

Una verdadera amiga se queda en tu corazón:
La distancia no puede borrar de mi mente el recuerdo de tu rostro. Cuando se encuentra una verdadera amiga, nunca se la olvida. Por el contrario, ella constantemente te transforma, continúa viviendo en tus pensamientos y deja una huella imborrable en tu corazón.
La amistad es llamarse por teléfono y escribirse cartas, y es también atravesar juntas la vida.*


Una pequeña anécdota es lo que me queda para contar:
Cami, ¿te acordás cuando fuimos al Abasto? Ese día, el 10 de Octubre del 2005. Por ese entonces nosotras teníamos 9 años y entraríamos solas, por vez primera, al Museo de los Niños. Una verdadera aventura, considerando un lugar tan grande y dos niñas solitarias entre alrededor de 100 niños de todas las edades. Llegamos al lugar, acompañadas de mis padres. El viaje fue un tanto divertido... ¿un tanto? Fue uno de los mejores viajes de toda la existencia. Vimos el "Argenchino", un almacén de dudosa reputación. En fin, cuando llegamos al Museo de los Niños el horario durante el cual menores podían entrar solos ya había terminado. Nos conformamos con ir a los jueguitos, al Sacoa... aunque no estoy muy segura de que realmente haya sido un Sacoa. Jugamos a todo lo que quisimos, ganamos boletos y nos dirigimos al mostrador a canjear nuestros premios. Conseguimos unas colitas para el pelo, dos lapiceras, dos anotadores y dos planchas de stickers de esos que son peluditos. Todo igual. Las mismas cosas. Los boletos que no gastamos los usamos para comprarles dos colitas de osito para Martina, la hermana de Camila. Lo mejor fue que había un juego que nosotras no entendíamos y un chico se acercó a ayudarnos. Yo empecé a dar vueltas alrededor de la mesita mientras el chico intentaba seducir a Camila con el típico "Sos muy linda. ¿Querés que te ayude?". Camila se hizo la indiferente y le dijo "A ver pibe, ayudáme porque esta cosa no anda". El chico, al verse derrotado le dijo "Sos tan linda como tu hermana (refiriéndose a mi). Mirá, tenes que apretar ese botón y después hacer girar esa perilla...". Cuando Cami me lo contó, no pude resistir la risa. ¿Y saben que tengo de recuerdo? Un papelito de ese anotador escrito que dice "Agus y Cami, Amigas x 100 pre, Te quiero" escrito con la fea letra que yo tenia en esa época. En la parte de atrás escribí "Hecho el día 10/10/05".
Lo guardo como un tesoro, justo como a nuestra amistad.