jueves, 17 de octubre de 2013

Ellos.

Nadie me entiende como ellos. Nadie me deja decir tantas pelotudeces como ellos. Nadie se va tanto al carajo como ellos. Nadie me hace el aguante como ellos. Nadie me habla en Inglés como ellos. Nadie me manda fotos graciosas como ellos. Nadie planea nuestros casamientos como ellos. Nadie es como ellos.

No espero que entiendas lo que siento por ellos, porque seguramente vos no los conocés como yo. Ellos son míos, son especiales, son mis amigos. Y a pesar de no habernos visto nunca, o de habernos visto dos veces en nuestras vidas, son mis amigos. Están cuando los necesito y yo estoy cuando me necesitan.

A nadie les cuento mis problemas como a ellos. Nadie sabe mis más profundos secretos como ellos. Nadie conoce mis miedos como ellos. Nadie me hace reír como ellos. Nadie es tan perfecto como ellos.

No sé que sería mi vida sin ellos.

Sin mi Reina de pelo rosa.
Sin mi Doctor con su corbata mal atada.
Sin mi Lucecita en la oscuridad.

Los amo, chicos. Gracias por todo.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Elementos

Si alguna vez dudas de vos mismo, camina hasta lo más profundo de un bosque. Fíjate como los árboles se mantienen altos aunque nadie los aprecia. Camina al lado de algún arroyo. El agua sigue fluyendo, aunque nadie se para a elogiarlo. Mira las estrellas en el firmamento nocturno; brillan sin reconocimiento.



Los humanos son exactamente iguales. Estamos hechos de los mismos elementos que estas maravillas hermosas.
Siempre recuerda tu belleza y tu valor.

martes, 3 de septiembre de 2013

Buscando a Agus

Desde que tengo memoria, me busqué a mi misma. Siempre me idealicé, siempre busqué ser alguien que no era pero me parecía que debía ser. Hace ya un año y medio, puedo decir que me encontré. No sé si esta versión de mi misma, si esta regeneración o actualización es lo que seré por el resto de mi vida pero esto que soy ahora, soy yo en este preciso momento. Y por primera vez desde que tengo memoria, me siento muy feliz conmigo misma.

Quizás la terapia haya ayudado. No lo sé, aunque me gustaría creer que si. Una se escucha decir muchas cosas que jamás dijo en terapia. Lo cierto es que, independientemente de si terapia ayudó o no, me siento yo. Y ser yo me liberó muchísimo.

Siempre tuve miedo a ser yo, quizás por eso no me encontraba; porque me escondía a propósito. Porque la sociedad me enseñó a no bailar abajo de la lluvia en la calle porque eso es hacer el ridículo. Me enseñó a que está mal cantar canciones de Broadway en público. Me enseñó que vestirse como nena pequeña, con colores vivos pero delicados y pequeños toques personales que signifiquen algo para una, no está de moda. Me enseñó que no seguir a la manada, era ser rebelde y que eso era un patético intento de llamar la atención. Ahora entiendo lo equivocada que estaba la sociedad cuando me enseñó todo eso.


Para mi, nunca fue cuestión de llamar la atención. Si tenía 9 años y mi corte de pelo era el típico "rollinga", no era porque quería hacerme la heavy. Ciertamente a los 9 años, lo que menos quería era ser heavy; yo a esa edad, todavía jugaba a la mamá y veía Floricienta con mis amigas. Era porque mi peluquera se confundió y me cortó mal el pelo, y como nunca me importó mi cabellera -siempre pensé que a pesar de todo lo que le hagas, vuelve a crecer así que ¿por qué hacer escándalo por nada?-, me tildaron de alguien que no era. Yo nunca fui "rollinga", muchachos. Gracias por reírse de mi, tirarme la colita, despeinarme, cantarme y señalarme: así me destruyeron la confianza. Pero gracias de corazón porque por eso, me hice más fuerte y seguí buscándome a mi misma con más vigor. Cuando tenía 14, creía que era "rocker" porque me gustaba como me quedaba la combinación del negro y el rojo, Green Day era cool, iba clases de guitarra y pretendía ser como Demi Lovato. A los 15, quería encajar y usaba maquillaje, me sentía grande y linda. Y a los 16... A los 16 me corté el pelo como John Lennon en 1964. Ahí me encontré.

Cortarme el pelo cortito me ayudó a construir la confianza que no tenía porque a todos lados donde iba, la gente me miraba. Aprendí a caminar con la cabeza en alto y a ignorar los comentarios. Inconscientemente comencé a vestirme más femenina, a arreglarme de la forma que a mi me gustaba y la libertad que la adolescencia me dio, me impulsó de lleno hacia adelante. Ahora tengo el pelo largo otra vez pero todos esos sentimientos siguen estando. Aprendí a maquillarme de la forma que más me gustaba, descubrí que la moda de los años 60 me identifica por ser inocente y atrevida a la vez y empecé a escuchar música nueva.

Todavía no sé como definirme, quizás estoy atrapada entre el mundo moderno con sus jeans ajustados, la cultura del "ya" y tecnología intrigante, y el mundo antiguo, cuando usar polleras tiro alto que llegan hasta las rodillas, camisas y zapatos bajos, adorar a los Beatles y leer libros de Jane Austen y William Shakespeare era moneda corriente. Lo cierto es que, ningún título o estereotipo me define porque yo no me siento identificada con ninguno, y mientras yo no me sienta "punk", "rocker" o "gamine", nada puede definirme.

Así que ahora puedo dejar de buscarme, y empezar a disfrutarme.

Finalmente puedo pararme en mi propia luz.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Bariló Bariló [Toma 2]

Dije que no quería irme a Bariloche. Y era cierto, no quería ir. Pero en retrospectiva, fue un muy buen viaje.

No me hice la loca. No tomé alcohol. No me vestí como una sinvergüenza. No me di besos con todos los chicos que se me cruzaban. No hice esperar a mis amigas afuera de la habitación del hotel porque yo estaba con un invitado. Y a decir verdad, ninguna de mis amigas hizo esas cosas porque ellas entienden que la vida pasa por otro lado. Y no podría estar más agradecida de las amigas que tengo.

Los recuerdos que hice, me los llevo para siempre. Porque para mi eso fue Bariloche. Fue un viaje para afianzar la amistad con mis amigas y hacer amigos donde solo antes había compañeros. No me cambió la vida, no tengo una nueva perspectiva ni quiero salir todas las noches porque soy "re rebelde y fiestera".

Pero correr por la calle porque no llegábamos a la hora de la comida con bolsas de regalos para abuelos, padres, hermanos, primos, novios y tíos con Vicky y Sol me hacía sentir viva. Cantar canciones de High School Musical en la aerosilla porque se nos paró en el medio del Cerro Catedral con Vale me hacía sentir feliz. Quedarme dormida a las cuatro de la mañana mirando 21 Blackjack y comiendo caramelos Sugus con Julie me hacía sentir libre. Agarrarme de los brazos de mis amigos Lucas y Leo para que los que venían a encarar piensen que tenía novio y se vayan me hacía sentir inexplicablemente yo.

Bariloche no me cambió la vida pero fue un muy buen viaje. Tan simple como eso.

miércoles, 26 de junio de 2013

Bariló Bariló

El 14 de Julio a las doce del mediodía estaré subiéndome a un colectivo con mis amigos y compañeros de curso para finalmente ir al tan esperado viaje de egresados. Ahora que la fecha prácticamente se nos viene encima, me encuentro cada vez sufriéndola más y deseando que se aleje.

¿Por qué? me preguntás, con una expresión entraña en tu rostro mientras yo cocino para ambas y para mi mamá, tu sobrina, la razón de tu visita. Y yo, muy suelta te respondo con toda franqueza y a vos no te queda nada más que asentir y comprenderme porque seguramente vos hubieras sentido lo mismo en mi lugar. Me ves con cierto aire de asombro porque no podés creer que una nena de diecisiete años te diga lo que estás escuchando. Que no se quiere ir a Bariloche.

No soy la típica adolescente, ya te diste cuenta hace mucho cuando preferí irme a Disney y no hacer fiesta, o cuando mis regalos de Navidad no eran ropa ni maquillajes, sino CDs, libros y DVDs. Si no lo fui en ese entonces, tampoco lo seré ahora por más que esté entrando en la adultez.

Cortando tomates y lechuga para hacer una ensalada, te cuento con soltura mis razones. No me gusta la joda, te digo, y vos te reís. Yo me río con vos pero te aseguro que es cierto, que no salgo a bailar con mis amigas desde el 22 de Diciembre del año pasado. Te cuento que me encanta viajar y veo como me sonreís cuando te confieso que si dependiera de mi, me pasaría la vida sobre un barco, un avión, un tren o un colectivo. Y también veo como esa sonrisa se apaga cuando te digo que voy a Bariloche para conocer otra realidad que no es la mía pero que otros no van con esa idea.

Te sorprendés cuando te comento con total naturalidad que mi papá me tuvo que acompañar al ginecólogo para pedirle unas pastillas anticonceptivas para cambiar mi ciclo natural y también te sorprendés cuando vos, con un poco de vergüenza, me decís que en algún momento las iba a tener que usar y te respondo que la verdad que ni siquiera se me cruza por la cabeza usarlas para lo que realmente son, un método anticonceptivo. También te sorprendés cuando te digo que mis amigas y yo vamos a pasarlo bien entre nosotras, bailando y riéndonos, sacándonos miles de fotos, pero que otros pretenden ganar apuestas sobre quién gana más chicas, quién besa a más desconocidos y hasta quién pierde la virginidad en una habitación de hotel estudiantil mientras sus compañeros de habitación están durmiendo en el pasillo esperando poder entrar.

Quizás sea porque no nos vemos muy seguido y la última vez que me viste no te hablaba con tanta soltura como ahora. Quizás sea porque ya estoy grande y aprecio más lo que la gente grande como vos me dice. Quizás sea porque de alguna forma extraña maduré mientras que otros no lo hicieron. Lo cierto es que te sorprende verme y escucharme de la forma que lo hacés mientras no dejo de moverme en la cocina, dando vuelta las croquetas de pollo sin que se me queme ninguna y aceitando la ensalada.

Y cuando mamá sube las escaleras y te saluda porque hace mucho que no te ve, nuestra conversación pasa a segundo plano y me quedo callada, dejando que ustedes dos se pongan al día porque seguramente lo que tienen para contarse es muchísimo más relevante que cualquier otra cosa que yo tenga para decirte.

Ella te sirve agua y vos le confesás que no te ibas a quedar a comer pero que yo te dije que ahora te quedabas con una sonrisa pícara que yo sé que vos notaste porque te reíste y ella me mira a mi, mientras caliento la tortilla recién hecha que compró en una rotisería viniendo para casa.

Después de comer me voy a mi cuarto con la computadora para ver una de mis películas favoritas y escucho como le comentás a mamá que ya estoy grande y ella, con un dejo de nostalgia y mucho orgullo, te afirma que si, ya estoy grande. Y ya desde la comodidad de mi cama, llega a mis oídos su conversación sobre como falta poco para que yo me vaya a Bariloche y sé que vos sabés lo que realmente siento y entendés perfectamente cuando mamá te dice que no estoy emocionada ni ansiosa. Y vos, le recordás a mi mamá como ella tampoco quiso ir a Bariloche, que prefirió comprarse ropa y quedarse en casa.

Ella se ríe, vos también. Yo me pongo los auriculares y me olvido completamente de mi viaje de egresados inminente mientras el dulce sonido de Muse tocando Feeling Good llena todos mis sentidos.

sábado, 22 de junio de 2013

Grilled Cheesus

Hace un tiempo, vi un capítulo de Glee que se llamaba "Grilled Cheesus". Glee es solamente una comedia llena de canciones pop idiotas y drama adolescente pero, a veces, Ryan Murphy usa el poder y la atención que la prensa le está dando a él y a su serie para darle a la gente algo de que hablar. En este episodio en particular, todo se trata sobre la religión.

Yo soy técnicamente católica. Digo técnicamente por razones que voy a explicar después. La primera vez que vi "Grilled Cheesus" no entendí la compleja situación a la que los personajes se estaban enfrentando. Seguro, estaba Kurt con su padre en coma en el hospital y sus amigos queriendo apoyarlo pero eso fue todo lo que vi. Ahora, tres años después, puedo ver lo que me perdí la primera vez. No entendía la lucha interna de Kurt, no entendía su necesidad de estar solo, su rechazo hacia la fe. Toda mi vida había sido criada para creer. Eso era todo. No tenía alternativa. Tenía que creer porque me habían dicho que lo haga, no porque yo creía que lo que estaba creyendo realmente valía la pena. Y ahora, las cosas cambiaron.

Me veo a mi misma como una persona escéptica. Soy quien soy porque estuve expuesta a muchas cosas que me volaron la cabeza en estos últimos años. Estoy creciendo muy rápido y mi cerebro está constantemente aceptando nueva información y decidiendo si quedarse o dejar ir viejos pensamientos. Si hubiera tenido un personaje en particular en ese episodio de Glee hace dos años, hubiera estado en algún lugar entre la linea de pensamiento de Quinn o Mercedes y su compromiso con sus religiones. Ahora, mi punto de vista no está tan lejos del de Kurt.

¿Creo que hay algo más allá de nosotros, algo que no podemos controlar? Sí, lo creo. ¿Creo que se llama Dios? No lo sé. Hay tantos "Dioses" allá afuera que ya no puedo decidir en cual creer. Honestamente, creo que son todos la misma deidad. Son todos el mismo dios. No sé su nombre, no sé como se ve, si es bueno o malo, indulgente o no pero lo que si sé, es que si no quiero creer en todo lo que la Biblia me dice que crea, no tengo que hacerlo. Estoy de acuerdo con algunas cosas. Creo que no debemos matar, no debemos robar, no debemos envidiar lo que los demás tienen. No estoy de acuerdo con muchas otras cosas. Como Kurt dijo, no creo que Dios sea justo. Hace gente diferente y después dice que están equivocados, que no deberían existir, que no se supone que sean de la forma que son y que si siguen siendo como Él los hizo, entonces se van a ir al Infierno. La gente gay es tan perfecta como la gente heterosexual.

Algunas personas son gay. Otras no. SUPÉRALO.

Es su propia decisión y son felices siendo quienes son, ¡bien por ellos! No me voy a ir al Infierno porque apoyo los derechos de la comunidad LGBT. Yo digo que nosotros, los partidarios, deberíamos ir directo al Cielo. Si es que existe un Cielo. Personalmente me encuentro aceptando más la idea del Inframundo griego. No sé porque, es la forma en la que pienso. Tanto como si te gusta o como si no, no voy a cambiar mis visiones y ciertamente no voy a tratar de cambiar las tuyas.

Al final, el amor que te llevas es igual al amo... esperá, eso no está bien. ¡Malditos Beatles! Como estaba diciendo, al final, lo que importa es que mi punto de vista ha cambiado mucho desde la primera vez que vi "Grilled Cheesus" y espero que en el futuro, siga creciendo como ser humano como lo hice estos últimos años para ser alguien que acepta a todos, sin importar quienes son, su género, preferencias sexuales o religión.

Y siento la necesidad de aclarar que apoyo con una ferviente pasión los derechos de los homosexuales, amo vivir en Argentina (uno de los primeros países de América Latina, si no el primero, en legalizar matrimonios del mismo sexo) y aunque yo no soy homosexual ni bisexual, tengo maravillosos amigos que si lo son, conozco sus luchas y si alguna vez necesitas ayuda, aquí estoy para vos. Sé como una persona puede sentirse completamente sola cuando no sos aceptado por lo que sos y aquí estoy, aceptándote como sos, con todos tus perfectos defectos.

lunes, 29 de abril de 2013

Afrodita

Últimamente hay muchas minas que se creen Afrodita. No digo que esté mal pero desearía que 1) fueran menos egocéntricas y 2) leyeran el nombre de quien se están adjudicando.
Afrodita era la diosa griega del amor y del romance, supuestamente la más hermosa de todas las mujeres tanto mortales como inmortales. Hasta ahí todo bien, ¿no? Todas querríamos ser Afrodita si la historia terminara así. El caso es que no termina ahí.
Afrodita era infeliz. Estaba casada con Hefesto, el dios del fuego, de la forja y de los metales, el dios inventor que protegía a los herreros, artesanos y escultores, hijo de Zeus y Hera, feo, lisiado y cojo. Un pobre tipo, bah. Su vieja lo tiró del Monte Olímpo de lo feo que era, mirá si habrá sido horrenda la pobre criaturita. Afrodita no estaba casada con él por amor. Hay dos teorías acerca de por qué estaban juntos. La primera dice que Hefesto pidió casarse con Afrodita en forma de recompensa por haber sido arrojado del Olímpo; la segunda que contrajeron matrimonio por orden de Zeus que al ver la belleza de su "hermana", quiso prevenir guerras entre los dioses y dispuso un casorio a su gusto y piacere. Y con esto formo mi primer argumento: ¿por qué elegir ser Afrodita, la mujer que era infeliz al lado de su esposo?
Afrodita tampoco era una santa. Es más, engañaba a Hefesto (su esposo/sobrino, técnicamente) con Ares (amante/hermano), dios de la guerra. Segundo argumento: ¿por qué ser Afrodita, la cornuda incestuosa?
Para formar mi siguiente punto vamos a tener que remontarnos al pasado, cuando los titanes todavía gobernaban la Tierra. Se dice que Afrodita nació cuando los testículos de su padre, Cronos, fueron cortados y lanzados al océano. Ella surgió de entre las olas, una mujer con largos cabellos y figura escultural. Y así le pregunto yo, señora, con mi tercer argumento: ¿por qué ser Afrodita, la que nació de un par de gobelins cortados y tirados al agua?
Finalizando, Afrodita era la patrona de las cortesanas, hieródulas y heteras. ¿Quiénes eran esas mujeres? Prostitutas. Cuarto argumento: ¿por qué ser Afrodita, la que protege a las acompañantes sexuales?
Quizás yo tenga un punto de vista arcaico, pero creo que merecemos un mejor modelo a seguir, una diosa más merecedora de llamarse diosa. Entiendo que todas quieran ser como Afrodita por su belleza, pero ¿realmente vale la pena la belleza si se es infeliz?

lunes, 21 de enero de 2013

Adicción.

Soy una adicta. No a las drogas, ni al alcohol. Pero como todas las adicciones, mucho de una cosa, hace mal.
Soy adicta a Internet. Lo admito. La vida moderna nos lleva a ser adictos, a estar conectados todo el tiempo, a nunca estar completamente solos. La computadora, el celular, los iPods, las consolas de videojuegos, TODO. Todo está perfectamente sincronizado para que nunca estemos tranquilos. Llegué a un punto en mi vida en el que todo depende de una conexión Wi-Fi. Tengo clases por Internet, me comunico con mis amigos por Internet, me mantengo al tanto de las cosas que disfruto por Internet. Internet es mi todo, y sin ella, no sé quien soy.

Pero también, en este mundo extraño, aprendí que desconectarse está bien. Tirarme en un sillón y pasar cinco horas leyendo un libro nuevo, me hace bien. Hablar con mi mamá mientras leemos revistas de mujeres, me hace bien. Tirarme en un colchón con mi mejor amiga a charlar sobre las cosas que nos asustan del futuro a las cuatro de la madrugada, me hace bien. Desconectarme me hace bien. Me hace sentir libre, independiente, poderosa e inexplicablemente, yo.
Podría decirse que soy adicta a las pequeñas cosas de la vida, como caminar por la calle y encontrar un cartel antiguo al que jamás le había prestado atención o armar autitos de Lego con mi primita de seis años a quien adoro.

Creo que mi adicción se basa en pequeños momentos. Internet tiene mucho de eso. Hablar con gente de otros lugares, descubrir una historia nueva o un YouTuber con opiniones diferentes, escuchar música nueva y hacer amigos que de otra forma nunca habría podido conocer. Todos esos pequeños momentos me completan, me hacen sentir bien y feliz. Y si en algún momento se vuelve demasiado, siempre podré llenar una bañera, poner un CD de The Beatles, cerrar mis ojos y cantar, lejos de una conexión Wi-Fi.