lunes, 21 de enero de 2013

Adicción.

Soy una adicta. No a las drogas, ni al alcohol. Pero como todas las adicciones, mucho de una cosa, hace mal.
Soy adicta a Internet. Lo admito. La vida moderna nos lleva a ser adictos, a estar conectados todo el tiempo, a nunca estar completamente solos. La computadora, el celular, los iPods, las consolas de videojuegos, TODO. Todo está perfectamente sincronizado para que nunca estemos tranquilos. Llegué a un punto en mi vida en el que todo depende de una conexión Wi-Fi. Tengo clases por Internet, me comunico con mis amigos por Internet, me mantengo al tanto de las cosas que disfruto por Internet. Internet es mi todo, y sin ella, no sé quien soy.

Pero también, en este mundo extraño, aprendí que desconectarse está bien. Tirarme en un sillón y pasar cinco horas leyendo un libro nuevo, me hace bien. Hablar con mi mamá mientras leemos revistas de mujeres, me hace bien. Tirarme en un colchón con mi mejor amiga a charlar sobre las cosas que nos asustan del futuro a las cuatro de la madrugada, me hace bien. Desconectarme me hace bien. Me hace sentir libre, independiente, poderosa e inexplicablemente, yo.
Podría decirse que soy adicta a las pequeñas cosas de la vida, como caminar por la calle y encontrar un cartel antiguo al que jamás le había prestado atención o armar autitos de Lego con mi primita de seis años a quien adoro.

Creo que mi adicción se basa en pequeños momentos. Internet tiene mucho de eso. Hablar con gente de otros lugares, descubrir una historia nueva o un YouTuber con opiniones diferentes, escuchar música nueva y hacer amigos que de otra forma nunca habría podido conocer. Todos esos pequeños momentos me completan, me hacen sentir bien y feliz. Y si en algún momento se vuelve demasiado, siempre podré llenar una bañera, poner un CD de The Beatles, cerrar mis ojos y cantar, lejos de una conexión Wi-Fi.