domingo, 27 de abril de 2014

Fix You

A veces me pregunto que se necesita para salvar a alguien. Sé que salvé a alguien. A dos personas, en realidad. Pero, ¿qué me llevó a hacerlo? Va más allá de cualquier cosa, porque nunca olvidaré esa vez que le grité con todas mis fuerzas a esa persona que estaba salvando para hacerla reaccionar. Y tampoco olvidaré cuando un simple mensaje de texto hizo que esa persona se replanteara su decisión. Y, por suerte, lo hicieron. Escucharon. Pero no creo ser nadie especial, ni tener una gran comprensión de la psicología humana, ni siquiera creo que ser tan fuerte como para soportarlo a pesar de haberlo hecho.
Quizás sea porque cuando yo lo necesité, nadie me salvó a mi. O mejor dicho, nadie que no fuera yo me salvó. No quiero que nadie pase por eso que pasé yo; esas ganas locas de desaparecer sin dejar rastro porque sentís que a nadie le importaría si te fueras. Escapar, ¿no? No escapé en ese momento y no sé porque. No me dejé hacerlo. Recuerdo con claridad que llegaba de la escuela y ponía la música bien fuerte para poder llorar en paz, escondida de la mirada preocupada de mi madre. Hasta en lo más profundo del pozo, nunca quise molestarla. Si no me salvaba yo, nadie lo haría porque nadie sabía.
Si hubiera sido más grande transitando por lo mismo, puede que hoy no esté aquí. Tenía 12 años, era apenas una niña que no sabía lo cruel que podían ser las personas que yo más amaba. Miraba el filo de la Gilette con cariño pero nunca me atreví a tocarla. Tengo muy poca tolerancia ante el dolor y sabía que si la fina navaja pasaba sobre mi piel, me dolería y no quería que me duela más de lo que ya lo hacía. Entonces la dejaba sobre la bañera y seguía adelante. Era tan chica que la inocencia todavía estaba ahí, creía que todo se iba a solucionar y que volvería a la normalidad, que no había necesidad de rendirme. Y creo que eso me salvó, la inocencia. No sé si hoy, sabiendo lo horrible que es el mundo, no me rendiría.
Cuando uno llega a ese punto límite una vez, pueden pasar tres cosas: o se rinde, o no se rinde en ese momento pero lo hace más tarde, o no se rinde jamás. A eso apunto, a no rendirme. Aprendí que nunca se sabe adonde te lleva la vida y si me hubiera rendido, hoy no tendría los amigos que tengo, ni tendría el título secundario en la mano, ni estaría frente a un futuro prometedor. Y si en ese momento, yo no me hubiera salvado, esas personas a quienes salvé, puede que no hayan recibido ayuda de nadie más.
Lo que quiero decir es que a pesar de no saber que se necesita para salvar a alguien, sé que no se necesita nada más que una mano amiga. A veces es la propia, a veces es otra. Pero estoy segura de que jamás me rendiré y jamás dejaré que nadie se rinda.

lunes, 21 de abril de 2014

La Terminal

Cuando tenía unos diez u once años, vi por primera vez La Terminal, de Steven Spielberg con Tom Hanks y Catherine Zeta-Jones. Nunca supe explicar que era lo que me gustaba tanto de esa película pero creo que finalmente lo entendí.
La Terminal marcó mi vida porque cuando la vi, me conmovió. Era la primera vez que me pasaba y entendí que si el cine tenía la capacidad de hacer emocionar a la gente, de hacer que alguien por dos horas sienta las cosas que alguien más siente y sea capaz de ponerse en sus zapatos, entonces yo quería vivir de eso. Yo quería moverle el piso a la gente, digamos.
Creo que en ese momento, también Tom Hanks se convirtió en uno de mis actores preferidos. La desesperación, la desolación y el sufrimiento a causa de la falta de empatía de los demás; yo lo sentí y me dolió. No quería nada más que saltar dentro de la pantalla y abrazar a ese pobre hombre que estaba completamente solo en un país que no es el suyo porque si hay algo que aprendí por experiencia, es que no hay nada más triste que sentirse solo y sin esperanzas. Viktor Navorski, con su capacidad de sonreír a pesar de todo, se ganó un lugarcito en mi corazón para siempre.
Admito que puede no ser la mejor película que existe. No es la mejor película de Spielberg. No es la mejor actuación de Hanks. Pero algo que nos gusta, no tiene que ser perfecto. Nos gusta porque despierta algo en nosotros; no somos los mismos después de experimentarlo. Y generalmente, uno no puede elegir conscientemente las cosas que le gustan. Simplemente te gustan, y no sabés por qué.
Así que La Terminal es mi película favorita. No puedo explicar con exactitud que la convierte en una reliquia para mi. Pero lo que si puedo decir, es que si no hubiera visto esa película, hoy no sería la persona que soy y difícilmente quiera dedicar el resto de mi vida a que otra gente sienta lo que yo sentí cuando Viktor pasa hambre y se ve forzado a comer galletitas con condimentos, o cuando consigue su primer trabajo, o cuando hace amigos, o cuando finalmente hace lo que fue a hacer a Estados Unidos en ese club de jazz. Si cualquier persona siente la misma mezcla de sentimientos que yo, entonces mi trabajo estará hecho.