domingo, 17 de agosto de 2014

Casa de muñecas

Te dicen que tu vida empieza cuando vas a la Universidad, que todo cambia y que te sentís parte de algo más grande que vos, que finalmente sos lo que querés ser. Pero, ¿y para nosotros? ¿Los que vinimos fallados de fábrica? ¿A los que nos faltan algunas piezas? ¿Los que nos rompimos en el camino y nos volvieron a armar sin instrucciones? ¿De qué vida me están hablando cuando nosotros nunca la tuvimos?
Somos muñecos rotos, porcelana que se quebró y nunca volverá a ser la misma. Somos esas muñequitas por las que las nenas no se pelean y esos peluches que los nenes no quieren abrazar. Somos reemplazables, poco importantes. Y por un momento creímos que finalmente íbamos a recibir esa nueva capa de pintura, que nos iban a remendar las costuras y lustrar los zapatitos. Que ilusos que fuimos.
Las Barbies y los Max Steel siempre serán los elegidos. Nosotros somos las segundas marcas que se compran cuando no queda otra. Nuestras casitas son cajas de zapatos, no esas mansiones de madera que vemos desde lejos. Nuestra ropa está hecha a mano con retazos de tela. No nos cepillan el pelo a diario. No nos llevan a la cama a la noche. Vemos la vida de los demás desde el escaparate, esperando por algo que nunca llega.
Desearía poder decir que eventualmente alguien nos mira pero todos sabemos que no es así. Los únicos que se fijan en nosotros son otros juguetes rotos que van a parar al basurero sin pena ni gloria. Y quizás, ese sea nuestro lugar. Es cuestión de aceptarlo y seguir adelante.
Soy una muñequita rota desde la fábrica. No funciono como debería funcionar. Mis dueños lo saben. Yo lo sé. Pero mientras los demás juegan, yo sueño. Sueño con ser arreglada. Y algún día, otro muñequito roto como yo se sentará conmigo y soñaremos juntos. Y seguiremos soñando hasta que nuestro sueño se haga realidad.

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