miércoles, 17 de septiembre de 2014

Ella

Ella gira sobre el escenario, las tablas sonando con cada paso que da, pero casi inaudibles a causa de la fuerte música clásica que está llenando el aire alrededor nuestro, emanando del viejo grabador que puso delicadamente encima de una destartalada silla de madera que encontró detrás del telón. Ella se mueve al ritmo de su canción elegida, una versión alterada de Nocturno Op. 9 No. 2 en mi bemol mayor. Ella es feliz y libre, libre como un ave, justo como dice a menudo durante la cena cuando viene a casa con sus rodillas temblando y las zapatillas de ballet colgando de su remendada mochila de jean.
Su sonrisa es todo lo que está bien en este mundo. Sus diminutas manitas y pequeños brazos se mueven con absoluta precisión. Su largo cabello rubio está cuidadosamente trenzado y recogido en un rodete. Su pollera vuela cuando ella gira hacia la derecha y apenas se dobla hacia atrás para no caerse. Ella sabe que esto no está bien, pero no le importa.
Este lugar debería estar vacío, las personas que estaban aquí ya hace tiempo se han ido a casa con sus familias a descansar por la noche. Nadie sabe que ella está aquí, vertiendo su corazón y cuerpo a través de esas notas que podrían hacer que un hombre adulto llore si viera lo que yo estoy viendo. Ella es perfecta en ese escenario. Ella pertenece ahí. Ella lo disfruta. No es justo que nadie nunca la haya visto así antes. Pero sus tiempos para mostrarse son especiales, y ella sabe que nada será igual una vez que esta noche llegue a su fin.
Hermosa, maravillosa, extraordinaria y numerosas palabras más para elogiarla llegan a la mente cuando ella salta y abre las piernas a un ángulo increíble, prácticamente sin esfuerzo. Ella está concentrada y no regala ni siquiera una mirada hacia el lugar donde una audiencia debería haber estado. Ella es elegante, llena de gracia, más que lo que queridos Mamá y Papá puedan imaginar. Si pudieran verla... Pero no, ella no quiere que lo hagan. Al menos, no todavía.
Cuando la canción se acerca al final, ella trastabilla pero rápidamente recupera su paso. Cualquier otro hubiera estado frustrado. No ella. Su sonrisa queda en su rostro y ella sigue bailando, completamente desvaída de preocupaciones. Ella se siente segura y respetada. Nadie puede contradecirla o decirle que está mal porque este es su reino. Ella es como un león en la selva. Puede que no sea la mejor ni la más adulta, pero tiene tanta confianza en si misma que podría hacer que lo creas.
Las piedras de su corset brillan bajo el reflector. Ella ama los brillos. Es asombroso verla tan pequeña y tan grande a la misma vez. Las rosadas regordetas mejillas y las delgadas largas piernas. El elegante peinado y el pequeño brazalete de Tinkerbell en su mano izquierda. Ella es demasiado sabia para su edad, todos los que la conocen lo han dicho. Se ve como una niña jugando en el parque pero también como una mujer adulta con un propósito. Sus ojos tienen un brillo travieso y es maravilloso verla así por primera vez.
La música se frena y ella se mueve hasta su posición final, su pecho agitado por el ejercicio al que expuesto a su cuerpo. Ella mira directamente al lugar donde una multitud debería haber estado aplaudiéndola y hace una reverencia. Con cuidado y tímidamente, se acerca al borde del escenario y se sienta.
-¿Y?- pregunta, con su diminuta voz. -¿Qué te pareció?
Cómo alguien puede comenzar a responder esa pregunta va más allá de la imaginación. Lo único que se me ocurre es que ella necesita alivio en este momento porque me ha confiando todo lo que es en este teatro vacío un caluroso Domingo a la noche durante vacaciones. Me acerco a donde ella está sentada y, con lágrimas en los ojos, la envuelvo en un abrazo. Ella no protesta como normalmente lo hace porque ella entiende.
-Me enorgullecés tanto, hermanita.- son las palabras que llenan el aire mientras ella se sube al asiento del copiloto del auto. Todo acerca de ella y nosotras ha cambiado hoy, y ella lo sabe. Ella quiso que sea así. Ella es magnífica, ella es inteligente y ella es valiente. Y no tiene porque esconderlo nunca más.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Mi Aroma Favorito

A mi abuela Irene,
quien desde pequeñita siempre me regaló lápices
y papel para escribir y dibujar lo que yo quisiera.



Cuando entro a tu pequeño departamento, me siento segura en medio de esta jungla de concreto que no deja de maravillarme. Es tan grande y tenebroso y excitante allá afuera pero acá es cálido, pequeñito y conocido. Un lugar que puede ser llamado hogar. Todo es familiar pero nuevo ante mis ojos, porque no tengo la oportunidad de estar aquí todos los días. Y aún así, hay una sola cosa que nunca ha cambiado y es ese perfume oculto que intoxica el aire y me hace saber que estoy aquí sin siquiera mirar a mi alrededor. Es la primera cosa que noto y la última cosa a la que le digo adiós. Ha estado aquí por siempre pero todavía es agradable al olfato. Y quizás sea porque es tuyo que lo amo tanto como lo hago y estoy 100% segura de que lo extrañaré cuando me vaya.
No es distinguible pero podría reconocerlo donde sea. No es limpio ni sucio. No es floral ni cítrico. No es vainilla, no es chocolate, no es manteca, no es pimienta, no es menta. No es cuero, ni algodón, ni lana. No es perfume ni el olor natural que viene de afuera. Es tuyo y lo será por siempre.
Es música de ópera emanando de los parlantes. Es pollo con verduras cociéndose en el horno. Es un fuerte de almohadas y colchones en el medio del living. Es quedarse despierta hasta tarde hablando de la vida y de todo lo que pasa a diario que tanto vos como yo sabemos lo mucho que significa. Es fotos viejas y nuevos portarretratos en los estantes. Es jugar juegos de mesa en el suelo. Es escuchar mi iPod mientras armo mi rompecabezas favorito. Es abrazos fuertes y calentitos cuando llego. Es besos suaves antes de irme a dormir. Es escuchar tu risa y saber que yo la causé. Es sonrisas y miradas cómplices cuando sabemos algo que los demás no. Es mirar fijamente a centenares y centenares de libros y pensar si los disfrutaste todos.
Es un olor que me da la bienvenida mientras mis ya no tan pequeños pies caminan esos pasos que han caminado toda mi vida. Un olor tan único y maravillosamente tuyo que no puedo dejar de pensar que, si, ese es mi olor favorito en todo el mundo y ni siquiera tiene un nombre. Pero vuelvo a pensarlo con cuidado y si lo tiene. Cuando apoyo mi cabeza en la almohada que tan generosamente me prestás cada vez que acampo en tu living, mis ojos se cierran y la única cosa que pasa por mi mente es el fuerte aroma a amor que emana desde cada rincón de tu departamento.