lunes, 9 de noviembre de 2015

Silencio

Ellos estaban en silencio. Era parte de su rutina. A ellos les gustaba. Lo apreciaban. Florecían en él. Eso es lo que ocurre cuando pones a dos introvertidos juntos. Ellos entienden el silencio. Pero ellos no estaban solos. Había una tercera persona, pero ella era una extrovertida. A ella no le gustaba el silencio. Ella no se deleitaba en él. Lo encontraba extraño y poco acogedor.
Nadie habló. Los ruidos de una tardía noche en la ciudad eran suficientes. La radio estaba encendida pero también era casi silenciosa. Los introvertidos no necesitaban hablar. Él manejaba y ella miraba a través de la ventana, la suave brisa refrescaba su tranquilo rostro.
La extrovertida habló. Ella hizo un comentario sobre el silencio. Los introvertidos rieron. Pero por dentro, estaban acostumbrados. La tranquilidad era una compañera constante para las dos personas que no necesitaban hablar. Sentarse juntos. Abrazarse. Caricias y besos y mirar al horizonte era costumbre. A veces, comían en silencio. A veces, se tomaban las manos sin decir una sola palabra. No había necesidad.
Demostraban su amor en acciones simples. Un abrazo que duraba un poco más de lo que debería durar para dos amigos. Una advertencia de peligro dicha con preocupación. Miradas de reojo y besos robados. Despertarse el uno al otro y quedarse dormido entre brazos estrechados. Una confianza que podría parecer excesiva para otros, pero se sentía correcta para ellos. Manos en hombros y espaldas para guiarse por un camino. Apoyarse en el otro para descansar cabezas. Pararse y sentarse más cerca que el resto de la gente. Era notorio para aquellos que querían verlo. Pero no todos son tan curiosos o observadores como para notarlo.
El silencio seguía ahí cuando la extrovertida se fue. Era una compañía constante para los introvertidos. Ellos lo amaban. Se maravillaban en él. Ellos eran en él. El silencio significaba que estaban tan cómodos que no había necesidad de palabras. Pero aunque atesoraran tanto al silencio, en la mitad de la noche, tendidos en una cama demasiado pequeña para ambos y sosteniéndose el uno al otro, él rompía el silencio y le susurraba a su querida: "Te amo". Y entre sueños contentos y caricias, ella lo rompía una vez más para responder: "Te amo".
Entonces el silencio tomaría el control, y los llevaría a ambos al Reino de los Sueños. Al menos hasta la mañana, cuando se despertarían juntos, enredados, con el silencio vigilando.

viernes, 6 de noviembre de 2015

Familia

Pasamos meses sin vernos, sin saber nada el uno del otro. Pero cuando nos juntamos, la familiaridad nunca se va.

Son años de conocernos, de vivir la vida juntos. De reír, de llorar, de sufrir, de disfrutar, de sentir. Son caídas, golpes, levantadas y arrastradas. Hay días y noches, comidas y horas de estudio. Porque llegamos y nos abrazamos como si fuéramos hermanos. Nos vamos y avisamos si llegamos a nuestras casas bien. Yo me como la pizza que vos dejaste y vos te comes mi aceituna. Te robo el cargador del celular porque sé que ni te molesta. Te sacan vasos, salen a tu balcón, se tiran en tu sillón y se adueñan de tu tele. Y a vos no te importa porque prácticamente todo lo que es tuyo le pertenece al otro y viceversa. Son anécdotas viejas a la una de la mañana y son peleas que terminan en risas. Me siento arriba tuyo porque sos mi mejor amiga, le compartís tu vaso porque es tu mejor amigo. Rompemos servilletas en dos porque no alcanzan y repartimos porciones de brownie en partes iguales.

Es una sensación que no se compara a nada. Es un hogar lejos de casa. Doce años de transitar la vida juntos. Dos de transitarla separados. Y unas pocas horas de nostalgia hacen que las distancias valgan la pena. Porque siempre seremos familia. Y siempre seremos la promoción 2013.

miércoles, 11 de marzo de 2015

Miedo

Sé lo que es el miedo. Lo veo todos los días. Puedo reconocerlo fácilmente. Vive dentro de mí y a mi alrededor. Nos empuja hacia adelante o nos hace retroceder. Pero mis miedos no me definen.
Lo veo en mi madre. Ella está, oh, tan aterrada. Sus miedos la paralizan. Necesita su pequeña pastillita feliz. A veces, no puede siquiera funcionar sin ella. Ella los enfrenta sin enfrentarlos.
¿Pero yo? Yo, yo le digo que no las pequeñas pastillitas felices. El miedo se apodera de mí mientras me sacudo y tiemblo y me convierto en una bolita en la esquina de alguna habitación. Se vierte sobre mí. Me golpea. Me consume. Demanda ser sentido. Y aunque a veces el miedo amenaza con controlarme, sigo diciendo que no. No hoy. Yo soy mía. Yo tengo el poder, no el miedo que se ríe como un maniático, bailando alrededor de mi cabeza llena de pensamientos oscuros.
Yo peleo. Me levanto cada día y peleo. No me paraliza. Puede pensar que me está ganando pero al final del día, cuando me río mientras lloro, cuando respiro con dificultad y canto lo más alto que puedo tratando de que el miedo retroceda, se da cuenta que nunca puede ganar. No ahora, no nunca. Cuando me levanto, cansada de la pelea, las rodillas débiles y la mente zumbando con el silencio que viene luego de una tormenta, sonrío.
Sé lo que es el miedo. Lo siento creciendo dentro mío. Vive dentro de mí y a mi alrededor. Me usa como bolsa de boxeo. Me tira a un costado y me desecha. Pero no le temo al miedo. Porque estar asustada, eso no me define.